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Mi madre es esa señora analógica 100% que de ser posible, alumbraría la casa con velas. Firme enemiga de “cacharros” como “el internet ese”, mi madre sigue llamando a el programa de “El Tiempo” – lo único que tolera de la televisión, ese invento diabólico -, “el parte”.

Va diciendo a sus amigas que a su hijo se le da bien arreglar cacharros. Yo, que soy creyente acérrimo de “la regla de los tres pasos” para reparar la avanzada tecnología de cualquier aparato, ésto es, apagar y encender; golpear con firmeza pero sin demasiada fuerza a ver si algo se le había soltado y vuelve a encontrar su lugar original o, como último recurso, dejarlo descansar un ratito, sé por qué mi madre me tiene tanta fé. Desde hace un año, hemos logrado que mi madre lleve encima un móvil, porque antes decía que eso de hablar con un teléfono en la calle mientras andas es una horterada y que le daba verguenza, (aún hoy, a veces, si le suena el móvil, se hace la loca). No lo usa apenas, pero cuando se le queda sin batería, al llegar a casa, te lo alarga despreocupada mientras dice “Toma. Se ha roto.

Lo siento…

…comienzo ofreciendo una disculpa. La mermelada de fresa, cuando está en buen estado, es un glorioso sinfín de dulces sensaciones que le dan a uno un ticket a la infancia. A tardes soleadas al borde de la piscina, la hora de la merienda, la promesa de un colacao fresquito después de terminar la tostada. Comer mermelada de fresa es un momento místico, casi religioso. Por unos instantes, olvidas el trabajo, el jefe, el frío, la crisis, el madrid, y disfrutas de tu desayuno paladeándolo, alargando el tiempo, la mirada perdida, los recuerdos vívidos… Y digo un instante, sí, porque nunca dura más. Porque es materialmente imposible que, alguien, a tu lado, no considere que se merece encender un cigarro y disfrutarlo, claro está, compartiéndolo con el resto de la cafetería.

Si tiene un acompañante no fumador, éste debiera agradecer la cortesía de que él, amablemente, alargue el brazo que sostiene el cigarrillo y lo aparte de su cara, limitando, quizás, a solo la mitad, las oleadas de humo que le lleguen. Para ello, no importa que ofrezca su mano a la mesa de al lado, tu mesa, la mesa de tus rojos recuerdos de mermelada, tamizados ahora por una espesa capa de humo azulado.

Me disculpé de inicio porque todos, y yo el primero, tenemos amigos fumadores y en estos dias quejarse de la molestia que provoca el humo parece que es clavar un puñal en la espalda del amigo fumador, darle palos a la higuera. Pero no puedo más.

Los fumadores se rebelan ante lo que consideran una injusticia, se sienten perseguidos y sus libertades coartadas. Yo tengo 30 años. Nunca he fumado. Humo he tragado a punta pala, eso sí, como todos. Nunca me he quejado, lo más, suplicar el aplazamiento del enésimo cigarro encendido por mi interlocutor en un bar, los ojos como chupes, la garganta quebrada. Siento que mis amigos se puedan tomar éstos pensamientos como traición, pero después de 30 años aderezando mis tostada del desayuno con el ducados del vecino, ahora voy a disfrutar las cosas tal y como las pido, sin más condimentos por parte de la mesa de al lado.

Gente, en serio: Estoy emocionado. No recuerdo un regalo de reyes que me hiciese tanta ilusión como no preocuparme de lavarme el pelo cuando llegue a casa a las cinco de la mañana después de estar de copas, de dejar la ropa maloliente en el pasillo, de que no me quemen el abrigo en el pub, de pedir un Ribera del Duero y disfrutarlo a reventar, olerlo, saborearlo, pagar por un buen aroma y un increíble sabor sin interferencias, por tener lagrimas en los ojos, no por el humo del puro del señor de enfrente, sino porque éste secreto ibérico sabe a Charlize Theron.

Es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo, en serio. Y me ofende que los fumadores se quejen de injusticia cuando sale el asunto a colación, porque igual de injusto era para nosotros, los no fumadores, y nadie se quejaba entonces. Sólo quería dejar constancia de mis pensamientos en mi blog, sé que no estoy para escribir artículos de opinión. Si pudiese pediros que sigais leyendo un poco más, os recomiendo mucho éste artículo de Jesús Encinar.

Lo siento… pero yo sí me siento liberado.

Os deseo…

…algún viaje sin maleta, a un lugar por determinar, un coche y algo de dinero y una carretera solitaria por delante, y la mano acariciando el viento en contra, y el sol poniéndose y ese olor que quieres reconocer como que ya está cerca el mar… ya, seguro que detrás de esa curva… Cádiz…

…y que un dia te pongas ese abrigo que hace años que no usas y descubras que te queda estupendo, que te lo vas a poner ésta noche para tomar unas cervecillas con tus niñas, y que en el bolsillo hay un ticket de la compra del mercadona de aquella noche que comprasteis una botella de Brugal y alquilasteis una peli que devolvísteis sin ver, y la vuelta de la compra, diez con cincuenta, que nunca dejó de ser tu dinero, pero es como un hijo pródigo que ya no esperabas para cenar…

…y que te salga el trabajo de tu vida, mal pagado pero bien valorado, y con vacaciones y sol por una ventana desde donde se ve la calle…

…y que cenes algún día en un restaurante increíble, que sirvan vistas y atún de almadraba y te la pele cuánto cueste el cubierto porque hoy no te importa comerte el mundo con las manos.

…que en la curva esté ése imbécil que te adelantó por la derecha, a doscientos por hora, la rueda pinchada, el gesto descompuesto. Y que te pongas otra vez delante y no te importe… ya huele a mar…

…y que se te inunde el dos-mil-once de amigos, el móvil sin dejar de sonar, de sorpresas, buenas, de olvidos, de improvisación, de risas, de besos, de gambas, de neveras con hielos y cervezas, de tortillas de patatas que se desmenuzan en la mano, de frío en las mejillas coloradas, de nieve, de buenas noticias, de gente que te prefiere a ti por encima del guapo del grupo, por encima del simpático, por encima de todos… Gente que llega a su casa con ganas de llamarte, con ganas de verte y saltarse excusas, que un finde no da para tanto y te quiero ver desde ya, ésta noche las cervezas están más fresquitas que mañana, fijo.

Os deseo.