Y un día ella deja de reír… De mirar a tu boca, pasó a los ojos, y al tiempo, al suelo, o a la pantalla del móvil. Se le volvieron perezosos los dedos, y ya no sabe desatar tu cinturón, y cada vez más conversaciones empiezan con melancolías y «teacuerdas».

Y te preguntas dónde se descolgó, cuando perdiste su luz, cuando dejaste de ser lo que ella quería mirar por las mañanas.

Llévala donde tenga frío, llévala donde huela a tierra. Enséñale atardeceres, llena su copa de vino, prueba su plato, muerde sus botones. Jamás dejes de ser una posibilidad en su vida más que una certeza. Y nunca, nunca, nunca, dejes la tapa del váter levantada.

2 thoughts on “Atardeciendo

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