Del armario

Tirante caído, estudiado desorden capilar, tacón de aguja y bolso de moda… Proponiendo delitos que no reconocería jamás… “Qué pasa? que porque lleve escote tengo que aceptar que me miren las tetas…?” Lo primero que pilló del armario, mentía, centro de las miradas de media ciudad… Lo que más sexy le sentaba era su amiga. Pelo recogido, sonrisa callada y una mirada que confesaba a gritos: “Yo siempre cojo lo que quiero…”

No hay momentos malos para ser valiente…

-dijo.

No hay momentos buenos para ser valiente… La valentía está bien pagada a corto plazo, cuando la rubia te besa la mejilla y te mira agradecida, pero acaba dejándole a uno admirado de cojones, pero sólo, sin trabajo y sin amigos a la larga… La próxima vez que te dé por dártela de digno, y echarle narices, tripas o cojones, piensa que siempre conseguiste menos con esas partes de tu cuerpo que con un poco de cerebro.

De palizas y prohombres

Su padre lo había educado siempre en el respeto al prójimo, y le advertía de no aprovechar sus extraordinarias cualidades para sobresalir por encima de los otros chicos, por eso, al principio de su vida, tuvo que recibir incontables palizas de los otros niños del colegio que se burlaban de él por su nombre. Tras rescatarlo de debajo de una nube de chiquillos iracundos, y frente a las preguntas de las maestras, él siempre respondía: No hay dolor.

Su nombre venía del Camino de Santiago. Ruta que su padre, respetado prohombre, había realizado en su juventud no sin algunos pesares. En el transcurso del mismo, y agradecido a las circunstancias milagrosas que le hicieron reponerse a sus dolores permitiendo así acabar cada dia la jornada, su padre prometió tal nombre para su primogénito, y él, primer hijo de aquél, hubo de cargar con la consecuencia de que su padre siempre cumplía con la palabra dada. Hombre de ley.

Mas adelante en su adolescencia empezó a cambiar el carácter. Era un chaval feliz, aunque seguía recibiendo chanzas en los distintos ámbitos en que se encontraba. Ya no importaba. Repartía ostias como panes de El Vacar sin sufrir nunca una sola inflamación de sus manos percutoras, haciéndose así un hombre respetado y amado por sus congéneres.

Y de tal modo, pasó por la edad adulta siendo un gran deportista, y alcanzó los ciento dos años de edad sin sufrír jamás una migraña, un lumbago, un dolor de muelas o reumático.

Ibuprofeno, mi hijo mayor, jamás supo lo que era el dolor articular.

Cuando tenga 28…


…ya tendré chiquillos con la mujer de mis sueños…

…y llegaron los veintiocho y lo único que tenía de esa frase, seguían siendo los sueños… En enero de 2008 pasé mi fin de año encerrado con dos tios en un apartamento en Sierra Nevada, sin apenas poder salir a causa de las peores nevadas que se recuerdan… Soltero, o, mejor decir, solterísimo, que con Charly al lado solo se te acercan las amigas feas para preguntarte el teléfono de tu amigo “el alto” -vuelvo a reivindicar mis ciento ochenta centímetros de altura, no es tanto, pero… soy “el bajo”?-, triunfaba Katy Perry -Maaanson!- y, para mas inri, había perdido mi trabajo de entonces…

…ah… 2008… mis veintiocho años…

…el mejor año de mi vida…