To Do

Cosas que hacer el fin de semana:
– Dormir
– Leer Tokio Blues
– Estudiar Java
– Ver HIMYM
– Salir a correr
– Guardar la ropa de verano
– Cortarme el pelo
– …

(teléfono) -tron, voy mañana, llego al mediodía…-

Cosas que hacer el fin de semana:
– Dormir
– Leer Tokio Blues
– Estudiar Java
– Ver HIMYM
– Salir a correr
– Guardar la ropa de verano
– Cortarme el pelo
– …
– Tajarnos

Tengo…

No tengo dinero, no tengo coche, no tengo amigos en la puerta del pub de moda, no tengo un solo polo con un caballito en el pecho, no tengo un reloj que haga tic-tac, ni tampoco que no lo haga, no tengo amigos que salgan en la tele, no tengo abdominales, no tengo anillos ni tengo gafas de sol de diseño, no tengo hambre (aún), no tengo casa en Mallorca, ni barco, ni club de fans, ni estilo, por no tener, no tengo ni ganas de tenerlo…

…lo único que tengo, son tres cosas que decirte al oído…

…y flores?

– No tron… no me gusta regalar flores…
– ¿Por…?
– Es difícil… ¿Y si le da palo recibirlas…? Ahí con todos mirando… además… es difícil… Hay que conseguir la dirección y no quiero parecer un psicópata preguntándole que donde vive, dónde trabaja…
– No sé tío, no lo veo tan difícil…
– …es que, o se da cuenta que voy a regalarle flores, o se piensa que voy a ponerle un detective que la siga… no, no… flores no…
– (…) Si… mejor no le mandes nada… igual se enamora de ti y estoy viendo que para la chiquilla sería una putada…

M1 m4dr3

Mi madre es esa señora analógica 100% que de ser posible, alumbraría la casa con velas. Firme enemiga de «cacharros» como «el internet ese», mi madre sigue llamando a el programa de «El Tiempo» – lo único que tolera de la televisión, ese invento diabólico -, «el parte».

Va diciendo a sus amigas que a su hijo se le da bien arreglar cacharros. Yo, que soy creyente acérrimo de «la regla de los tres pasos» para reparar la avanzada tecnología de cualquier aparato, ésto es, apagar y encender; golpear con firmeza pero sin demasiada fuerza a ver si algo se le había soltado y vuelve a encontrar su lugar original o, como último recurso, dejarlo descansar un ratito, sé por qué mi madre me tiene tanta fé. Desde hace un año, hemos logrado que mi madre lleve encima un móvil, porque antes decía que eso de hablar con un teléfono en la calle mientras andas es una horterada y que le daba verguenza, (aún hoy, a veces, si le suena el móvil, se hace la loca). No lo usa apenas, pero cuando se le queda sin batería, al llegar a casa, te lo alarga despreocupada mientras dice «Toma. Se ha roto.«

Sucedió en Madrid

Una directiva de una importante empresa consultora de telecomunicaciones ha abandonado su codiciadísimo y bien pagado puesto para montar una librería de cuentos para niños, al estilo de las películas americanas.

Ha pintado la puerta de verde, y colocado pequeños sofás contra las paredes llenas de cuentos. Ha puesto alfombras de colores sobre el suelo de madera, e instalado una pequeña campanilla sobre la puerta de entrada como siempre pensó que haría. Tiene un pesado tarro lleno de piruletas rojas sobre el mostrador y una antiquísima máquina registradora azul turquesa que rescató de un anticuario que le cobró un ojo de la cara. Huele a esa mezcla de polvo, secretos y recuerdos de cosas que aún no han pasado que rezuman los libros que se van a leer muchas veces, y hay una escalera de caracol de hierro que sube hasta un techo liso y sin marcas donde quizás hace años se abriese una pequeña habitación que no puede dejar de imaginar.

La próxima vez que vaya a Madrid no me la pienso perder. Quiero sentirme físicamente dentro del sueño de una persona que tenía todo lo que cualquiera querría y lo cambió simplemente por todo lo que ella siempre quiso.

De teléfonos olvidados

– ¿Quién es Gloria?
– No lo sé.
– Pero… tienes aqui un papel con su nombre y su teléfono… Y parece antiguo…

– ¿Quien es…?
– Un dia sonó el teléfono. ¿Quien es? pregunté. «No tengo tiempo, tengo que montarme en el avión ya, soy Gloria, date prisa, anota mi teléfono por si necesitas algo…»
– ¿Y no la conocías?
– No.
– ¿Entonces…?¿Por que guardas su teléfono?
– Pues por eso… por si necesito algo…

De cuando veranos de tres meses

Ni muy alta, ni muy baja, ni muy gorda, ni muy flaca, tenía dos inmensos ojos verdes que olían a sal, y una boca carnosa que hacía barbacoas a besos, calzaba una serena sonrisa del cuarenta y siete que nunca se quitaba de encima, y aquel verano de los diecisiete años, solo tuvo ganas de pasarlo conmigo. Aunque no tan cerca como uno hubiera querido…

Supongo que fuese donde fuese que estaba, no sospechó la decepción que para mi fue no encontrarla al año siguiente: como si el cielo se nublase y la gente se fuese de la playa en pleno agosto porque ya no hay sol al que tenderse…

Tres años después, cuando casi me había convencido de que la había olvidado, volvió, con su misma sonrisa, con sus ojos verdes y sus ganas de pasar dias conmigo hablando de nada y contándonos todo. Yo, dolido por su ausencia, tratando de sacudirme la parte de mi que a ella le era indiferente, no encontré mejor manera de explicarme que nombrarla por el nombre que para mi, desde hacía cuatro años, secretamente tenía: La Niña Que Hace Veranos.