Quince de enero

Mi primer recuerdo es de hoy hace treinta años. Mi abuelo me tenía de la mano bajo una marquesina del hospital Reina Sofía de Córdoba, mientras me enseñaba, por primera vez en mi vida, eso tan común en tantos sitios y tan extraño de ver en mi tierra: Nevaba.

Me encanta la nieve. Me hace sentir feliz, cómodo dónde esté y despreocupado. Me encanta esquiar y me encanta hacer snowboard, y me encanta jugar en la nieve… La nieve para mi está más relacionada con la palabra “vacaciones” que la playa o el verano mismo. Quizás siempre me gustó y por eso aquel día lo recuerdo por la nieve que caía…

El 15 de Enero de 1983 fue la primera vez que vi nevar, de la mano de mi abuelo debajo de aquella marquesina del hospital…

Luego, mi abuelo y yo, nos metimos dentro del hospital y fuimos a ver a mi hermana, que había nacido aquel helador dia de invierno de 1983.

Al fin y al cabo, igual no recuerdo aquel dia por la nieve…

Felicidades.

Se busca nuevo hogar

En Madrid. Indispensable, cerveza bien fría -ojo, hedichocerveza, no cruzcampo, heineken ni carlsberg-, gintonics con tónica, como mínimo, shweppes, y no esa marranada del nordic mist, copa de balón o vaso de sidra, y que se estiren al menos a echarle una rodajita de limón y cuatro hielos gordos…

Se ofrece: Culo tremendo permanentemente acodado en la barra, conversación animada, permanente asombro por historias inventadas y certera puntería en el baño.

Interesados, contactar en los comentarios.

Mal.

“Como amigos sois mucho mejor que como nada más…”

No quiero ninguna amiga que piense que tenerme solo un rato es mucho mejor que tenerme para siempre. Es un sinónimo vago del insulto que peor soporto: “Pesado”.

Lo siento…

…comienzo ofreciendo una disculpa. La mermelada de fresa, cuando está en buen estado, es un glorioso sinfín de dulces sensaciones que le dan a uno un ticket a la infancia. A tardes soleadas al borde de la piscina, la hora de la merienda, la promesa de un colacao fresquito después de terminar la tostada. Comer mermelada de fresa es un momento místico, casi religioso. Por unos instantes, olvidas el trabajo, el jefe, el frío, la crisis, el madrid, y disfrutas de tu desayuno paladeándolo, alargando el tiempo, la mirada perdida, los recuerdos vívidos… Y digo un instante, sí, porque nunca dura más. Porque es materialmente imposible que, alguien, a tu lado, no considere que se merece encender un cigarro y disfrutarlo, claro está, compartiéndolo con el resto de la cafetería.

Si tiene un acompañante no fumador, éste debiera agradecer la cortesía de que él, amablemente, alargue el brazo que sostiene el cigarrillo y lo aparte de su cara, limitando, quizás, a solo la mitad, las oleadas de humo que le lleguen. Para ello, no importa que ofrezca su mano a la mesa de al lado, tu mesa, la mesa de tus rojos recuerdos de mermelada, tamizados ahora por una espesa capa de humo azulado.

Me disculpé de inicio porque todos, y yo el primero, tenemos amigos fumadores y en estos dias quejarse de la molestia que provoca el humo parece que es clavar un puñal en la espalda del amigo fumador, darle palos a la higuera. Pero no puedo más.

Los fumadores se rebelan ante lo que consideran una injusticia, se sienten perseguidos y sus libertades coartadas. Yo tengo 30 años. Nunca he fumado. Humo he tragado a punta pala, eso sí, como todos. Nunca me he quejado, lo más, suplicar el aplazamiento del enésimo cigarro encendido por mi interlocutor en un bar, los ojos como chupes, la garganta quebrada. Siento que mis amigos se puedan tomar éstos pensamientos como traición, pero después de 30 años aderezando mis tostada del desayuno con el ducados del vecino, ahora voy a disfrutar las cosas tal y como las pido, sin más condimentos por parte de la mesa de al lado.

Gente, en serio: Estoy emocionado. No recuerdo un regalo de reyes que me hiciese tanta ilusión como no preocuparme de lavarme el pelo cuando llegue a casa a las cinco de la mañana después de estar de copas, de dejar la ropa maloliente en el pasillo, de que no me quemen el abrigo en el pub, de pedir un Ribera del Duero y disfrutarlo a reventar, olerlo, saborearlo, pagar por un buen aroma y un increíble sabor sin interferencias, por tener lagrimas en los ojos, no por el humo del puro del señor de enfrente, sino porque éste secreto ibérico sabe a Charlize Theron.

Es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo, en serio. Y me ofende que los fumadores se quejen de injusticia cuando sale el asunto a colación, porque igual de injusto era para nosotros, los no fumadores, y nadie se quejaba entonces. Sólo quería dejar constancia de mis pensamientos en mi blog, sé que no estoy para escribir artículos de opinión. Si pudiese pediros que sigais leyendo un poco más, os recomiendo mucho éste artículo de Jesús Encinar.

Lo siento… pero yo sí me siento liberado.